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IMAGENES Y SONIDOS DEL RECUERDO (1. LA ESTACION)IMAGENES Y SONIDOS DEL RECUERDO.
1. La estacion de ferrocarril.
La madrugada era fría, bajo el manto negro del cielo plagado de estrellas. Desde la explanada donde se encontraba la estación, a la que se ascendía por una serpenteante carretera semiasfaltda, se veían las débiles y parpadeantes luces de las calles del pueblo, que se derramaba sobre el estrecho valle, sobre ellas, oscuras e imponentes, se elevaban las torres de las iglesias del pueblo. Los hombres se encaminaron a un pequeño edificio que ostentaba el dudoso nombre de cantina, donde un mostrador y unas mesas de madera, rodeadas de sillas de asiento de neas, dieron alberge a los parroquianos que entraban por la desvencijada puerta. Unos anaqueles de cristal, con botellas alineadas como en parada militar y una vieja cafetera express que perdía vapor por todos sus poros conformaban todo su mobiliario. El humo de los cigarrillos, las toses secas de los fumadores y el aroma del café y de los licores, convirtieron a la cantina en escasos segundos, en un lugar vivo. Se hablaba del campo, del tiempo, de la cosecha, de los hijos, con voces graves y profundas que taladraban junto con el frío que entraba por los resquicios de puertas y ventanas, el aire más calido de la cantina. Se explicaba el porque del viaje, normalmente para ir al medico en la capital o visitar a algún familiar. Carmelo, el conductor del coche correo, que llevaba y recogía las sacas de la correspondencia y subía y bajaba a los pasajeros del pueblo a la estación, entro en la cantina se dirigió a la barra y pidió su sempiterno cafe con leche y su "gorrito". Los hombres se fueron acercando para pagarle el precio del viaje, unas cuantas monedas y volvían a su tertulia. En algunas ocasiones alguien le daba un billete que no podía cambiar y con el cigarro en los labios, siempre decía "Ya me pagaras luego cuando vuelvas, u otro día que vengas". Entre aquellas personas de campo, era impensable el no pagar una deuda. La cantina se fue animando y algunos estaban indecisos entre pedir otro café o el "gorrito" de aguardiente seco y aromático, cuando entro Juan, el guardagujas, con su uniforme de un color azul indefinido por los continuos lavados y la deformada gorra de plato aul con visera negra brillante. Hoy no hay prisas, acaban de llamar de la estación anterior y el tren trae media hora de retraso. "No es mucho - dijo uno de los parroquianos - el martes fue mi hijo a la capital y traía mas de una hora, tuvieron que engancharle otra máquina para poder subir la cuesta la horca". "Ya están encendiendo los fuegos de la maquina de refuerzo por si hace falta ir a buscar al tren al paso a nivel" - dijo Juan, conocedor de todo el entresijo ferroviario- "pero la maquina que trae es mas nueva y seguro que puede subir sola". En aquella línea no había máquinas nuevas y solo traían los desechos de otras líneas mas importantes, con lo cual el llamar nueva a una maquina era para Juan sinónimo de maquina que ha arrastrado miles de vagones por las líneas principales y que pierde vapor por cada juntura de su caldera. Las primeras luces comenzaron a iluminar débilmente el cielo, aunque su luz no fuera suficiente para iluminar las sombras que poblaban la estación y que las luces eléctricas de los andenes no habían conseguido despejar. En uno de los apartaderos se veía la oscura silueta de la maquina de reserva echando torrentes de humo gris y carbonilla al impoluto cielo de la madrugada. En otros, trenes de mercancías, sin locomotoras, compuestos principalmente por "tolvas", llenas de grava de la cantera o de varita, esperaban pacientemente las maquinas que los llevarían a lugares lejanos. El vestíbulo de la estación estaba ocupado por las mujeres y lo calentaba una estufa de carbón que había en uno de sus rincones. Un viejo reloj, que estaba mas tiempo parado que en funcionamiento, juntos con unos viejos mapas de las líneas de ferrocarril ante los cuales los viajeros trazaban con su mirada viajes imaginarios, siguiendo las líneas negras que representaban las líneas ferroviarias, mas algún cartel de anuncio, viejo y ajado, vestían la desnudez de las paredes pintadas de un blanco sucio. A lo largo de las paredes en asientos de madera devastada, pintados de verde, suavizados por el roce durante años de las posaderas de los viajeros, las mujeres también hablaban, aunque su conversación era distinta, centrándose en los hijos, las enfermedades y los últimos cotilleos del pueblo. Unos cuantos rezagados, se apresuraban en la ventanilla pintada de verde a sacar los billetes del tren. El silbido agudo de la locomotora al entran en el túnel, después de coronar la cuesta, llego claro y nítido a todos los viajeros que se apresuraron a coger sus equipajes, bolsos con vianda para el trayecto y para comer luego, en cualquier banco de cualquier plaza de la capital y algunas maletas de lona, atadas concienzudamente, de aquellos que tomarían otro tren en la capital que los llevaría aun mas lejos, donde les esperaba un trabajo que quizás le permitiera mejorar su vida y que llevaba aparejado un nombre que le estigmatizaría para siempre: emigrante. En la recta que desde el túnel conducía a la estación, se veían los faros del tren que se acercaba con su traqueteo característico. Un vaivén del mismo en los cambios de aguja y el tren resoplando y asmático se detuvo en la estación. Pasos apresurados sobre la grava de los andenes para subir y buscar un asiento, a pesar de venir el tren medio vacío y el consabido "buenos días" a los viajeros sentados en los bancos de madera. Maletas y bolsos puesto sobre la red del equipaje, la campana de la estación anunciando la inminente salida del tren y el pitido del jefe de estación a la que se unía la contestación de la maquina, que poco a poco iba arrancando con un crujido de hierros y madera. La postrer visión de la estación y de la caseta del guardagujas y la incipiente claridad que empezaba a tornar rosado el cielo por el este fueron las ultimas imagines. El viaje había comenzado.
J.M.GORDON (Sevilla 2007)
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